La colonización de Libia y el brutal asesinato del
coronel Mohamar Al Gadafi, jefe de la resistencia patriótica
anticolonial, ha contado con la complicidad política, moral e
intelectual de buena parte de la izquierda occidentalista
–principalmente europea– que también apoyó otras aventuras agresoras del
imperialismo. Pero esta complicidad con las brutales políticas
colonialistas no quedará impune: de hecho, está teniendo su
contrapartida en Europa y Estados Unidos, donde asoman en el horizonte
políticas cada vez más represivas y de carácter fascista contra los
derechos de los trabajadores y los pueblos de occidente.
El
eminente intelectual anticolonialista Aimé Césaire, por unos años
militante del Partido Comunista de Francia y diputado a la Asamblea
Constituyente en 1946, en su célebre Discurso sobre el colonialismo
reprochaba a la burguesía “democrática” europea que criticara a Hitler
sólo porque éste había implantado en Europa los métodos propios de las
colonias: campos de concentración, trabajo esclavo, estados policíacos,
asesinatos en masa, destrucción de las sociedades locales, guerras de
conquista… En definitiva: todo aquello que la mayor parte del mundo
venía sufriendo desde hacía siglos en un grado incomparablemente
superior a lo puesto en práctica por Hitler en Europa. Aimé Césaire
denunciaba que cuando la burguesía “democrática” occidental había
promovido el colonialismo y la violencia brutal y salvaje contra los
pueblos oprimidos, preparaba el camino para el triunfo de Hitler y el
nazismo en Europa:
«¿A qué idea quiero llegar? A
esta idea: que nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza,
que una civilización que justifica la colonización, y por lo tanto, la
fuerza, ya es una civilización enferma, moralmente herida, que
irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en
negación, llama a su Hitler, es decir, a su castigo» (2).
Esta
cruda denuncia le viene como anillo al dedo a aquella izquierda y a
aquellos intelectuales orgánicos que apoyan, justifican, toleran,
desinforman o muestran doble moral con lo sucedido en Libia y
anteriormente en tantos otros lugares del mundo, porque si bien es
cierto que la historia nunca se repite, en estos momentos estamos
asistiendo a un parecido asombroso con lo sucedido décadas atrás: en
1931, los fascistas italianos que colonizaban Libia ahorcaron a Omar
Al-Mukhtar, dirigente político-religioso y jefe de la resistencia
anticolonial, tras una farsa de juicio. En 2011, los asesinos a sueldo
de la OTAN vendidos por la intelectualidad otanista como
“revolucionarios” libios alzados contra el tirano, golpearon y
asesinaron salvajemente al coronel Gadafi, gravemente herido, negándole
la posibilidad de una defensa ante un tribunal, aunque este tribunal
estuviera tan corrompido como los tribunales fascistas italianos en
Libia. Que Mussolini –uno de los exponentes del fascismo más brutal y
expansionista de la historia– se guardara bien de garantizar unas
mínimas formas de “derecho” para el asesinato de Omar Al-Mukhtar a
diferencia de las potencias fascistas de la OTAN, nos muestra con
claridad dos cosas: la primera, que hace ochenta años existía una fuerte
conciencia anticolonialista –en gran medida de raíz comunista– con una
notable influencia entre la opinión pública occidental; y la segunda,
que el imperialismo ha entrado en una fase de militarización, guerras y
represión en todos los ámbitos y que las formas democráticas o de
derechos cívicos que la burguesía occidental había tolerado hasta el
momento en Europa y Estados Unidos, van a ser cada vez más pisoteadas
impunemente o acabarán suprimiéndose.
El
asesinato de Gadafi ha venido precedido del clásico linchamiento
mediático a través de una demonización y una lluvia de mentiras y
desinformación de los grandes medios de prensa, que ha encontrado rápido
eco en la izquierda occidentalista y otanista, erigiéndose así en
cómplice intelectual del asesinato: esta izquierda ha colaborado bien en
la aprobación de la agresión militar, bien en la campaña de
criminalización de Gadafi –ni OTAN ni dictaduras–, ha apoyado
abiertamente las mentiras y la desinformación –o se ha dejado llevar por
ellas porque era lo políticamente correcto– y ha asumido que Gadafi y
su régimen laico e independiente eran el objetivo a destruir. Una parte
de esta izquierda anti-Gadafi se ha manifestado contraria al uso de la
fuerza armada y la invasión de la OTAN para alcanzar estos fines, como
si las anteriores experiencias de Panamá, Yugoslavia, Irak, Afganistán y
tantas otras no fueran suficientes pruebas de que el imperialismo no
puede tolerar un proceso de soberanía interna en el que los pueblos
decidan libremente su futuro sin injerencias. Otra parte, la corriente
extremista, militarista y atlantista de la izquierda occidentalista
constituida por los partidos ecosocialistas y socialdemócratas,
dirigentes sindicales, etc., desde el primer momento ha apoyado la
agresión militar contra Libia. Y una tercera corriente de la izquierda
otanista, constituida por partidos trotskistas y organizaciones y
asociaciones minoritarias que apoyaban la criminalización y el
derrocamiento de Gadafi han adoptado la postura más cobarde, “ni OTAN ni
Gadafi”, una coartada que ha servido en la práctica para las agresiones
militares de la OTAN contra el pueblo libio y su soberanía nacional.
Entre
la izquierda otanista destacan sus intelectuales orgánicos, algunos de
los cuales apoyaron la intervención armada y otros –sin hacerlo
abiertamente– defendieron durante los bombardeos variadas posturas
anti-Gadafi o suscribieron manifiestos en los que se criminalizaba al
dirigente libio. Entre ellos encontramos a Ignacio Ramonet, Santiago
Alba Rico, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Heinz Dieterich, Atilio Borón y
muchos otros amantes de lo políticamente correcto bajo una apariencia
de compromiso social, que han tenido una enorme responsabilidad en la
justificación de la tragedia libia.
Su papel ha
vuelto a ser determinante entre la izquierda: estos intelectuales, en
los momentos decisivos, cuando arrancan las campañas mediáticas del
imperialismo contra el nuevo demonio y las bombas empiezan a despedazar a
la población civil, no utilizan su prestigio o su fama entre los medios
de izquierdas para inyectar un poco de claridad ideológica, combatir
las mentiras imperialistas y llamar a la solidaridad, sino que apoyan
abiertamente el crimen o bien se dedican a realizar acusaciones sin
pruebas, a “descubrir” miles de argumentos –la mayoría calcados de la
prensa imperialista– que “demuestren” lo malo que era tal o cual
dirigente, los errores que cometió, lo irreversible de su derrocamiento
por su propia culpa, lo buenos que son los pobres «rebeldes reprimidos
por el tirano», etc., etc. Para algunos intelectuales anti-Gadafi, éste
merecía caer porque era “poco” revolucionario según sus esquemas
ideológicos fosilizados y cometió el pecado de tener relaciones con los
países imperialistas, como hacen casi todos los presidentes del resto
del mundo, incluyendo los más antiimperialistas como Fidel Castro o Hugo
Chávez; para otros, merecía caer porque era un dictador criminal y
represivo, según “informaban” las agencias de propaganda de guerra de la
OTAN, pasando por alto el hecho de que los dirigentes imperialistas han
cometido crímenes infinitamente más graves –eso sí, en países lejanos,
no en el apacible y “civilizado” occidente, que es lo que importa– que
los que se le atribuyen a Gadafi. El clímax de este comportamiento llega
cuando se firman manifiestos grandilocuentes –publicados, como no, en
la prensa imperialista– que ni siquiera hablan de las agresiones
salvajes y bárbaras de la OTAN ni denuncian a los dirigentes
imperialistas (2). Como explica un popular dicho, nos encontramos ante
intelectuales expertos en «nadar y guardar la ropa». Ellos también han
colaborado intelectual y moralmente en el asesinato de Gadafi: ¿para qué
deberían los dirigentes imperialistas molestarse en ofrecer la
posibilidad de un juicio –aunque sea una farsa– a un personaje como
Gadafi, si éste ya ha sido condenado tanto por la derecha como, sobre
todo, por una parte importante de la izquierda y sus intelectuales
hegemónicos? Ni siquiera Mussolini lo tuvo tan fácil en 1931.
La historia, aquí, vuelve a mostrar similitudes. Como demostró Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo,
la política colonial y de conquista en el exterior implica
necesariamente una política reaccionaria en el interior de los países
conquistadores, contra la clase obrera. Y como también demostró Lenin,
para justificar la política colonialista y buscar apoyos entre los
trabajadores de los países occidentales, los dirigentes imperialistas de
la época se valieron de la mayoría de los partidos socialistas y
socialdemócratas –que afirmaban estar contra el capitalismo–, así como
de muchos dirigentes sindicales, para arrancar el apoyo o la neutralidad
de una buena parte de los trabajadores occidentales ante la política
colonial y racial de sus metrópolis. Hoy la vieja socialdemocracia
defiende abiertamente el capitalismo, de manera que los actuales
dirigentes imperialistas –los Obama, Sarkozy, Cameron, Berlusconi,
Zapatero, etc.– necesitan la complicidad de una parte de la izquierda
que presente las injerencias y la desestabilización de países
independientes por las agencias de espionaje del imperialismo –pasos
necesarios para la manipulación informativa y para preparar escenarios
del estilo de las “revoluciones de colores”– como la “lucha de los
pueblos contra los tiranos”. Así, ya queda justificada entre la
izquierda occidental y los trabajadores la política colonialista y de
agresión genocida del imperialismo contra los pueblos oprimidos,
desactivando una posible solidaridad activa frente a un pueblo
brutalmente agredido cuya soberanía nacional es violada impunemente.
El
razonamiento que guía a la izquierda occidentalista es el siguiente: la
guerra contra Libia no es una agresión colonial clásica para apoderarse
descaradamente de un país y sus recursos y para eliminar a un gobierno
independiente, sino una operación para implantar las formas políticas de
occidente y de sus valores morales –como la democracia occidental, el
liberalismo y la «protección de civiles indefensos»–, valores que
considera superiores a los que existen en el resto del mundo: para esta
izquierda, el sistema imperialista es en esencia democrático y
progresista y en su seno se pueden encontrar las vías para el progreso
social de los pueblos de Europa mediante reformas progresistas que no
trasciendan los límites del sistema político vigente. Para esta
izquierda, el progreso material de los pueblos de occidente no tiene
nada que ver con lo que Marx denominó la «acumulación primitiva de
capital» a partir del saqueo colonial, sino que procede de las
conquistas alcanzadas gracias a la actividad reformista de sindicatos y
partidos que ante los gobiernos y las patronales. Así pues, la
“exportación” de la democracia por las bombas de uranio empobrecido y
los asesinatos en masa de la OTAN y sus esbirros “revolucionarios”,
serían los daños colaterales necesarios para el triunfo de las
libertades occidentales entre los pueblos que son “incapaces” de
alcanzarlas por sus propios medios. Por este motivo, la izquierda
otanista ha colaborado intelectual y moralmente con el asesinato de
Gadafi –líder de la resistencia patriótica anticolonolial libia– y con
las matanzas contra el pueblo libio.
Es preciso
volver a remarcar que, independientemente de los errores que pudiera
haber cometido, a pesar de que se pueda tener discrepancias con su
trayectoria histórica, Gadafi fue eliminado por el imperialismo
precisamente porque encarnaba la figura de la independencia y unidad
nacional, del desarrollo social, de la unidad africana y del desafío al
colonialismo occidental. La práctica es el criterio de la verdad, decía
Marx. ¿Cuál ha sido en la práctica la alternativa de la izquierda
otanista y de sus intelectuales al régimen de Gadafi?: 70.000 muertos
por los bombardeos de la OTAN, miles de africanos negros perseguidos y
brutalmente asesinados, la sharia para las mujeres y el petróleo para
las multinacionales occidentales.
Gadafi podía
haber tenido un exilio dorado con su familia en algún paraíso lejano,
pero prefirió combatir junto a su pueblo. A diferencia de la izquierda
otanista y la intelectualidad anti-Gadafi encarnada por los Galeano,
Santiago Alba, Ignacio Ramonet, Atilio Borón, etc., Gadafi escogió
jugarse la vida por la libertad de su país. Como el Che Guevara, fue
herido en combate; como el Che Guevara, fue asesinado sin ningún derecho
a juicio ni a defenderse, pero de una manera mucho más brutal; como el
Che Guevara, será enterrado en un lugar secreto para tratar de borrar su
ejemplo.
Mohamar Al Gadafi ha muerto como un
héroe pero su ejemplo de valentía, dignidad y entrega a su pueblo
seguirá guiando a los libios que desean la libertad para su patria. La
izquierda otanista y sus intelectuales, en cambio, serán recordados por
los trabajadores y los pueblos oprimidos como el apoyo moral e
intelectual de los crímenes contra la humanidad cometidos por el
imperialismo.
