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“Hay que alejarse de planteamientos etnicistas y volver a la lucha de clases”

ENTREVISTA AL ANTROPÓLOGO AFRICANISTA MARXISTA JEAN-LOUP AMSELLE A PROPÓSITO DE LA IZQUIERDA “MULTICULTURALISTA, POSTCOLONIAL Y ETNO-ECO-BOBARRONA”

Asistimos a un fenómeno de reivindicación identitaria y crecimiento de las reivindicaciones minoritarias por parte de los grupos que se sienten discriminados, oprimidos, marginados: los “negros”, los “mestizos”, toda la movida LGBT, e incluso los disminuidos con necesidades especiales. Esto va ligado al continuo declive de lo social desde 1968, que procede también de la descalificación del prisma analítico del marxismo, explica Jean-Loup Amselle, detractor del relativismo posmoderno.


El antropólogo marxista Jean-Loup Amselle es un destacado defensor de la ciencia social y la historiografía clásica frente al asalto relativista posmoderno, poscolonial y subalternista. Su libro El Occidente descolgado (París, Ed. Stock, 2008, 320 págs) es un formidable alegato científico y metodológico contra esas corrientes académicas de moda.
Jean-Loup Amselle no se ha dejado llevar por entusiasmo del multiculturalismo en boga tanto entre personas de la extrema izquierda como entre antropólogos y otros especialistas de regiones culturales, valora el reconocido intelectual francés y director del Centro de Estudios Francés sobre la China contemporánea en Hong Konk entre 1993 y 1997 Jean-Philippe Béja en su reseña del libro L’Occident décroché. Enquête sur les postcolonialismes, publicada por la revista Etudes Africaines. (1)

Amselle lo tenía todo para convertirse en el abanderado ideal del poscolonialismo y del subalternismo. Pero no ha sido en absoluto el caso, afirma Béja: “Todo su libro es una denuncia apasionada, sostenida en un imponente abanico de lecturas, de esas teorías. Las desmonta partiendo de su genealogía, haciéndolas remontar hasta la French Theory de los Foucault y los Derrida releídos por académicos norteamericanos”.





Según Béja, Amselle le da la vuelta al análisis del colonialismo de Hannah Arendt, y afirma que “las políticas de exclusión étnica y religiosa de los Estados español y francés […] tienen por consecuencia la ‘subalternización’ –señaladamente bajo el marbete de ‘marranos’— de segmentos enteros de sus poblaciones y que esa tecnología social ha sido luego exportada a las colonias”, y no al revés”.

Jean-Loup Amselle describe minuciosamente cómo esas teorías se han desarrollado concretamente en la historia. No se contenta con presentar una genealogía de esas ideas, sino que nos ofrece un análisis en profundidad de los lugares en donde se produjeron las teorías Generosamente influido por el marxismo, Amselle está, en efecto, convencido de que las ideas son inseparables de las instituciones que las producen. (2)

Edward Said, como es notorio, se sirvió de las teorías de Foucault sobre la relación entre saber y poder para denunciar el “orientalismo” y mostrar que existe un estrecho vínculo entre ciencia social e imperialismo y colonialismo. Dice Béja que no se priva Amselle de apuntar a la paradoja de que Foucault estuviera viviendo en Túnez cuando redactaba su tesis, sin manifestar jamás el menor interés por la cultura árabe que le rodeaba. Pero Amselle reprocha sobre todo a Said –lo que va a constituir el núcleo de su argumentación— el haber construido un Oriente inmutable y “fetichizar, por simetría invertida, a Occidente” (p. 16).

Béja resalta que el libro de Amselle es un alegato apasionado y apasionante contra la construcción de categorías inmutables: África, la India, la China, que se construyen entonces en contraposición con un Occidente asimismo inmóvil y caracterizado por su voluntad de dominación colonial (intelectual y práctico-políticamente). A esos conceptos rígidamente fijados opone Amselle la importancia de los intercambios que siempre han existido entre las civilizaciones, y reintroduce la historia, lo cual, todo contado, no es banal para un antropólogo. “La cultura hindú es la resultante de múltiples intercambios que se produjeron entre ella y las culturas vecinas y menos vecinas en el curso de la historia” (p. 162).

Amselle demuestra que, en su entusiasmo por denunciar al Occidente colonialista, los abanderados de las teorías subalternistas terminan defendiendo un esencialismo de las culturas africanas, indias y amerindias. Al negar el carácter híbrido que caracterizaba a esas culturas mucho antes del capitalismo, confluyen con los abanderados más tradicionales de la etnología colonial. Por ejemplo, poner la astrología como estandarte de la hinduidad es erigirla en esencia oponible a la ciencia occidental.

En su apasionado alegato contra la creación de categorías inmutables, Amselle la emprende contra la negativa de los subalternistas a tomar en cuenta la historia. “Al desconectar la historia de lo escrito –Mahmadou Diouf quiere recuperar una historia anterior al Estado y la escritura—, lo que hacen [los subalternistas africanos e indios] es negar la historia, no sólo la historia occidental”. Y eso, no sin recordar a la etnología colonialista más rancia de las sociedades del rechazo de la escritura, del rechazo de la historia, y por consiguiente, del rechazo del Estado” (p.164).

En suma, resalta Béja, la obra de Amselle es extremadamente rica y muestra excelentemente las derivas de los movimientos postcolonialistas, subalternistas y postmodernistas que, so pretexto de oponerse a la categorización occidental de las culturas de los pueblos colonizados, terminan a menudo creando categorías rígidas que recuerdan a la más reaccionaria de las etnologías coloniales.

Un lúcido ensayo sobre las consecuencias ideológico - políticas de la “Etnización de Francia”

L’Arene Nue entrevistó al antropólogo Jean-Loup Amselle a propósito de su último libro Ethnicisation de la France (La etnización de Francia). (3)
P. ¿Cree usted que asistimos en Francia a un aumento de las reivindicaciones identitarias?

R. Yo creo que asistimos a un doble fenómeno de reivindicación identitaria. Como muestro en mi libro, vemos reivindicaciones simétricas. Por una parte, crecen las reivindicaciones minoritarias por parte de los grupos que se sienten discriminados, oprimidos, marginados: los “negros”, los “mestizos”, pero igualmente toda la movida LGBT, e incluso, ahora, los disminuidos con necesidades especiales. En conjunto, asistimos a un fenómeno de captación de esas reivindicaciones por los que yo llamo “empresarios de etnicidad y de memoria”. Hablan en nombre de esos grupos, constituidos por ellos mismos y de los que se proclaman portavoces, a fin de monopolizar en beneficio propio unas reivindicaciones inicialmente poco articuladas y muy dispersas.

En efecto, ya se trate de categorías étnicas o de fenómenos de “género”, los “miembros” de esos supuestos grupos no se proclaman permanentemente como parte de ellos. Un “negro” o un “mestizo” no se definen constantemente como tal. La identidad es múltiple, está en función del contexto de interlocución, de tal o cual persona con la que dialogas. A la inversa, las reivindicaciones monopolizadas por esos empresarios de etnicidad y de memoria encierran a los actores sociales en mono-identidades.

En el otro lado del espectro, existe la reivindicación de los que se llaman “francesas de cepa”, reivindicación formateada por el Frente Nacional y/o la Derecha Popular, es decir, el conjunto de la UMP (el viejo gran partido del centroderecha francés), dado el actual fenómeno de radicalización de la derecha política. También aquí tratan de encerrar a los individuos en una mono-identidad “de cepa”, pero que se reproduce simétricamente por parte de la izquierda multicultural y poscolonial. No hay más que ver el ejemplo paradigmático de los Indígenas de la República, que utilizan de manera agresiva y estupefaciente el término “cepero”, que se corresponde exactamente a los “franceses de cepa”.
Finalmente, entre las dos tendencias se da una especie de backlash, de efecto de retroalimentación: a medida que esas identidades minoritarias se endurecen, se da del otro lado también un endurecimiento de la identidad blanca y católica.

P. ¿Un poco como si las crispaciones identitarias de la derecha se alimentaran de una especie de “racismo de izquierda”?

R. No, en absoluto; no. Yo no llamaría a eso racismo. Se trata más bien de un diferencialismo, un de singularismo, de un antiuniversalismo. En lo que a mí hace, yo no creo en la existencia del “racismo antiblancos” que algunos denuncian. En cambio, el discurso público está literalmente infestado por el culturalismo, con una tendencia a la distribución identitaria que me parece muy dañina.

P. ¿Por qué se han multiplicado estas reivindicaciones minoritarias en estos últimos tiempos?

R. Esto va ligado al declive de lo social. Ese declive –junto con el del universalismo— es continuo desde 1968. Es un fenómeno lento, que procede también de la descalificación del prisma analítico del marxismo, habida cuenta de la difamación sufrida por el marxismo como intrínsecamente vinculado al totalitarismo. Esa difamación del marxismo ha facilitado, en la coyuntura postsesantaiochesca, postmoderna, postcolonial, la substitución de un análisis en términos horizontales y de clases por una manera de cortar la sociedad en capas y rebanadas fragmentarias, lo que yo llamo las “entalladuras verticales”. Esta temática de los “fragmentos”, de la multitud, ha sido notoriamente formalizada por Toni Negri, pero también por toda la corriente conocida internacionalmente como French Theory.

Esas identidades verticales (negro, mestizo, LGTB) se ven como más “glamorosas” que las identidades horizontales de clase. Basta leer un diario como Libération, que es de todo punto emblemático. Este periódico ha desertado completamente de los social, para consagrarse a lo “societal”. No hay día que no promueva a una u otra “minoría”. En el plano político, esas temáticas son en lo substancial retomadas por Terra Nova, que aboga por el abandono de la lucha de las clases obreras, las cuales o habrían desaparecido o se habrían pasado definitivamente al Frente Nacional. Esa izquierda gafa-pasta, “etno-eco-bobarrona” preferirá, pues, las capas urbanas, los jóvenes, las minorías, etc.

P. A pesar de todo, esos “empresarios de etnicidad y de memoria” a que usted se refiere, ¿no tienen su utilidad? Las discriminaciones existen, y de qué manera...

R. Desde luego. A menudo se me contesta con este argumento. Pero yo no niego eso, en absoluto. ¡Claro que existen las discriminaciones! ¿Pero qué hay que poner en el primer plano? ¿Esas discriminaciones o la cuestión social? En lo que a mí hace, creo que la “discriminación positiva” –esa incierta traducción de la affirmative action norteamericana— es una badalucada. Lo fundamental, a escala mundial, y particularmente en los países desarrollados, es el crecimiento de las desigualdades. Los ricos son cada vez más ricos; los pobres, cada vez más pobres; y la “clase media” se contrae como una piel de zapa. Es lo que Alain Lipietz llamaba en otro tiempo la “sociedad del reloj de arena”, con un fenómeno de desclasamiento de la clase media baja, señaladamente en la Francia periurbana.

Las discriminaciones distan por mucho de ser un fenómeno irrelevante, pero yo las veo como un fenómeno en segundo plano, al que se pone en primer plano para enmascarar las crecientes desigualdades de ingresos en los países desarrollados. La discriminación positiva, que buscar mitigar esas discriminaciones, resulta, por lo demás, perfectamente compatible con la economía liberal.

Por otra parte, todo eso va de la mano del auge de fenómenos de marketing étnico. Ya se sabe, el mercado no se dirige a individuos atomizados, sino a categorías de clientelas. Las empresas saben muy bien que hay que segmentar el mercado. Así han logrado crear un mercado de cosméticos para negros, un mercado hallal para los musulmanes, un mercado dirigido a los gays, etc.

P. ¿De verdad cree usted que eliminando las desigualdades económicas desaparecerían las discriminaciones?

R. No. Yo no he dicho tal cosa. Lo repito: el racismo y las discriminaciones existen. Los negros y los mestizos tienen prohibida la entrada en ciertas salas de fiestas, nadie lo niega... Simplemente, lo que hay que hacer es luchar contra el racismo, contra quienes discriminan. Y eso no se hace buscando promover la supuesta “identidad” de los “grupos” constituidos.

P. ¿Esa izquierda que usted llama “multiculturalista y postcolonial” no está empezando a desdecirse, poco a poco, de sus errores “societalistas”?

R. ¡A la fuerza ahorcan! Se verán obligados a hacerlo. El Frente Nacional, aun cuando sólo ha conseguido dos diputados, ha conseguido resultados significativos en las pasadas elecciones legislativas en los sitios en los que ha habido un enfrentamiento directo entre un candidato del Partido Socialista y un candidato del FN. Si quiere cambiar eso, la izquierda deberá volver a ocuparse de los “blanquitos”, como se dice.

P. ¿El auge del FN expresa, según usted, un auge del racismo, o puede tener otras causas?

R. Yo creo que hay que reflexionar a escala europea. Hay un auge generalizado del populismo. Ese fenómeno nace del hecho de que Europa se cierra, señaladamente frente a las migraciones. Se convierte en una fortaleza, y se dota de una identidad que yo llamaría “civilizacional”: la identidad blanca y cristiana. El miedo ante la mundialización hace que se bascule hacia esas supuestas raíces. Y esta Europa secreta un rechazo de todo lo que no sea ella, en particular del Islam. La identidad de la Europa actual es casi una identidad negativa, de rechazo del mundo musulmán. Se ha criticado mucho a Huntington, pero lo cierto es que anticipó el “choque de civilizaciones” que se produce realmente.

P. ¿Qué replica usted a quienes consideran que el racismo vendría de arriba, que sería insuflado en el pueblo por las elites?

R. No estoy en absoluto de acuerdo con eso. ¿De qué elites estamos hablando? Si se habla de la elite política, se puede, en efecto, constatar la radicalización de la derecha, notoriamente con Nicolas Sarkozy. Pero esa derechización ha sido posible por varios factores. Por lo pronto, por el alejamiento del recuerdo de la II Guerra Mundial y el hecho de que el gaullismo haya dejado de existir. Luego, porque el descrédito lanzado sobre el comunismo y el marxismo ha privado a la izquierda de su papel de verdadero contramodelo. En lo que hace a la izquierda multicultural y postcolonial, hay que decir que alimenta el fenómeno.

P. ¿Existe en Francia un verdadero riesgo comunitarista? ¿Es transplantable aquí el modelo norteamericano?

R. No lo creo. Hay una gran diferencia entre Francia y los EEUU. Se da en Francia un dominio de la religión católica, al contrario que en los EEUU, en donde predomina la fragmentación, también entre los protestantes. La sociedad norteamericana, compuesta de capas migratorias sucesivas, es por esencia comunitarista. Pero sobre todo: en los EE.UU. lo social fue eliminado a partir de los 50, es decir, mucho antes que en Francia. Lo que una vez más demuestra la urgencia de alejarse de los planteamientos “societales” y regresar a lo social. Es preciso adaptarlo, pero hay que rehabilitar el marxismo. Eso, por una parte. Por otra, hay que recuperar el hilo republicano universalista.

Notas:
1. Fuente: http://etudesafricaines.revues.org/13262#sthash.2rtnIvIV.dpuf Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro, http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6077
2. Dice Béja que Amselle nos lleva, para empezar, a Dakar en el apogeo del CODESRIA, dirigido desde su fundación en 1973 por Samir Amin, uno de los primeros en alzarse contra el eurocentrismo; nos hace seguir el itinerario de algunos de sus investigadores, como Paulin Hountondji, quien ha llevado tan lejos su crítica de las ciencias sociales impregnadas de colonialismo, que ha llegado a defender la idea de una “ciencia africana” (p. 79), avatar de la ciencia proletaria de Lysenko. Nos muestra también la deriva de determinados investigadores indios, los fundadores del subalternismo, que han terminado por confluir con el fundamentalismo hindú. También se interesa por los trabajos de ciertos etnólogos de los países andinos, afanosos de reconstituir las “culturas indias”.

3. Fuente: L’Arene Nue, a propósito del libro La etnización de Francia. Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro.

Chávez y Yeltsin


Dejémonos de hipocresías: el principal delito de Hugo Chávez fue ocuparse de los pobres. Todo lo demás, incluso si hubiera sido un caudillo autoritario, como han venido vendiéndonos los killer-periodistas de nuestra parroquia con particular encono, se le habría perdonado. Y la demostración es Yeltsin, el presidente Yeltsin de Rusia, ¿se acuerdan?
A diferencia de Chávez, Yeltsin protagonizó una contrarrevolución en beneficio de los ricos. A diferencia del venezolano, sus elecciones y referendos estaban amañados, pero a Yeltsin se le perdonaba todo. Hasta dio un golpe de estado, en octubre de 1993, en el que disolvió a cañonazos el primer parlamento enteramente electo de la historia de Rusia. No solo no fue condenado por ello, sino que fue elogiado. Aun recuerdo la editorial que un diario alemán, elFrankfürter Allgemeine Zeitung, dedicó al evento. “Sternstunde der Demokratie”, la hora estelar de la democracia, decía, con un cinismo que habría complacido al mismo Goebbels. Era la línea habitual: repasen la hemeroteca euroatlántica, los EconomistFinancial Times, y naturalmente también los nuestros, sobre Rusia a partir del 4 de octubre de 1993 y verán.
A Yeltsin se le perdonó todo, hasta su guerra infame contra Chechenia en la que murieron decenas de miles y donde ciudades como Grozny quedaron reducidas a una especie de Stalingrado. Clinton colaboró, probablemente, en la eliminación del líder independentista checheno, el General Dhojar Dudayev, dirigiendo un misil a partir de una imprudente llamada telefónica que el General realizó con su móvil. Entonces el ejército ruso aún no tenía la tecnología para aquel “tracking”, aquel tipo de rastreo informático-militar…
El segundo gran delito de Chávez, estrechamente ligado al primero, fue desafiar al Imperio. Integrar y coordinar ese desafío con otros países, crear Albas y bancos, desarrollar relaciones internacionales autónomas.
Doscientos años después de su independencia, las repúblicas latinoamericanas apenas ahora comienzan a ejercerla, y no todas. Recordemos que históricamente a los políticos latinoamericanos que emprendieron tal temeridad se los liquidaba, la lista es conocida y no es necesario mencionarla. Y lo mismo pasa en África desde Lumumba, en los sesenta, hasta Sankara, el Sankara de Burkina Faso, asesinado en 1987, ¿les suena el nombre?, pasando por Amilcar Cabral, Ben Barka y tantos otros. Antes de reírse de las sospechas lanzadas desde Caracas sobre el presunto carácter inducido de la enfermedad mortal de Chávez, uno debería desempolvar los libros de historia. ¿De qué se ríen estos necios?
Desde África, donde ahora mismo se está sufriendo una ofensiva militar imperial para controlar aún más estrechamente recursos y posiciones estratégicas, se ve con cierta sana envidia el avance emancipador que las repúblicas hermanas de América Latina han afirmado en los últimos años; desde Bolivia, hasta Ecuador, de Venezuela a Brasil y Argentina. Que eso no tenga mucho de “socialismo del siglo XXI”, cambia poco el asunto: es un claro avance emancipador, y punto.
En la mayoría en desarrollo de los países del mundo, Chávez va a ser valorado por eso, por esos dos aspectos que en Euroatlántida son pecado. Pero incluso en esto hay matices. En Alemania, por ejemplo, los medios de comunicación no hablan de Chávez con la retrógrada inquina que demuestran los medios y los periodistas del estáblishment españolito. Desde luego no lo alaban, pero mantienen una distancia que en España se ha perdido por completo. En muy pocos países de Euroatlántida se utiliza con tanto desprecio como en España la palabra “tercermundista” o “tercer mundo”, referida a los países en desarrollo que intentan salir de hoyo. El motivo es que España misma era un país “tercermundista” hasta hace no mucho.
En la transformación sicológica del españolito medio de los últimos treinta años se ha producido lo que denomino un proceso de “asfaltado mental”: de la misma forma en que nuestros paisajes han sido destructivamente degradados y transformados por el ladrillo, la mentalidad del españolito medio ha perdido cualidades y valores esenciales, vinculadas al sentido de la dignidad, de la solidaridad y del sentido de reacción ante la injusticia. En el país del Quijote creció una nueva arrogancia de nuevo rico, cutre e hijoputecado. España se “agringó”.
Ahora que la crisis mundial nos regresa a determinados puntos de partida, ahora que nadamos manifiestamente impotentes en el charco de nuestra propia porquería político-económica, es el momento de reflexionar y de relacionar nuestro charco nacional con el asfaltado intelectual. Si lo hacemos quizás aún estemos a tiempo de retomar aquellas relaciones y complicidades con América Latina que en los años setenta eran tan obvias e indiscutibles. Al fin y al cabo, nuestra creciente condición de “tercer mundo europeo”, de sometidos a los designios dominantes de Berlín y Bruselas, de obedientes alumnos aventajados en el cumplimiento de los programas suicidas que la gran banca y el gran capital, incluido el nuestro, imponen a nuestro país en contra de sus intereses nacionales más básicos, toda esa miseria, nos hermana bastante con los amigos del otro lado del Atlántico-Sur. Y actualiza también en nuestra propia casa sus impulsos emancipadores.
Independientemente de cual sea la complicada evolución que se viva ahora, Chávez ha colocado a Venezuela, un país cuyo 80% de la población no existía, no solo en el mapa de América, sino en el del mundo. Yeltsin desmanteló la Rusia soviética, ahora tan añorada por sus garantías sociales, sentando las bases de las grandes convulsiones sociales que aún están por venir en aquel país. Pero, de acuerdo con las circunstancias de nuestro lamentable asfaltado nacional, condenamos siempre al primero y aplaudimos en su día al segundo.

Rafael Poch



Mali, una guerra que lleva a la otra

Rafael Poch
 
Es preocupante el apoyo y la indiferencia que el intervencionismo militar en países lejanos encuentra hoy en Europa.
 
Una guerra lleva a la otra. La integridad territorial de Mali quedó definitivamente destruida por la intervención militar occidental en Libia. Activó una reacción en cadena fácilmente previsible. La Unión Africana reunida en Mauritania advirtió en marzo de 2011, al día siguiente del inicio de la intervención francesa contra Gadafi, de que el cambio de régimen en Libia desetabilizaría la situación en toda la región. Se alertó expresamente de que los arsenales libios iban a alimentar otras guerras en la región. Eso es lo que ha pasado.
 
“El cuerpo de mercenarios tuaregs del caudillo libio estaba formado por casi toda la juventud de Gao, Tombuctú y Kidal, atraída a Libia por el dinero y la droga”, explica Christof Wackernagel, un alemán con nueve años de residencia en Bamako. Tras la caída de Gadafi ese ejército regresó al país armado hasta los dientes. “Mientras Mauritania, Niger o Burkina Faso cerraron sus fronteras a ese arsenal, que incluye misiles tierra-aire, el presidente de Mali, Amadú Tumaní Touré, permitió su ingreso”, explica Wackernagel, según el cual los dirigentes del secesionismo tuareg (MNLA), que viven en Francia o Marruecos, carecían de base de apoyo en el país para crear su estado tuareg, el Azawad.
Los tuareg no son lo mismo que los salafistas. Si con los primeros se puede dialogar, con los segundos no hay más relación que la guerra, se dice. Pero resulta que estos mismos salafistas, a cuyas manos llegaron algunas de las armas que los occidentales lanzaron sobre Libia en paracaídas para los adversarios de Gadafi, son nuestros amigos de toda la vida en el Golfo Pérsico. Los adversarios del satánico Irán, cuyo régimen es infinitamente más liberal y civilizado que el de esas monarquías de cabreros alineadas con nuestra geopolítica energética.
 
Nuestros amigos del Golfo son los grandes inspiradores y financiadores del integrismo militante en todo el mundo. Precisamente ellos, desde Qatar y Arabia Saudí, financian ahora mismo a los adversarios de el Azad en Siria. Éste los denuncia como “terroristas”, de la misma forma en que se hace con los de Mali ahora, pero los de Siria son honestos luchadores contra la tiranía, y a diferencia de los otros reciben toda la ayuda logística, militar y política de las potencias occidentales, porque el régimen de Azad no está en la órbita occidental.
 
Las consecuencias del cambio de régimen en Libia se repetirán con creces en Siria. Lo de Mali puede ser bien poca cosa al lado del gran incendio entre sunitas y chiítas que occidente apoya en Siria y que potencialmente extiende el conflicto en una amplia región que va desde Líbano hasta Irak, pasando por Turquía y Jordania, con Irán como traca final. Las armas de Gadafi son poca cosa al lado de las del régimen sirio. La indecente gestión de un conflicto nos lleva al siguiente.
 
Hay un nexo que une el Afganistán de la guerra fría con el 11-S neoyorkino. La coalición de occidente con lo que hoy se llama salafismo duró mucho en el Hindukush hasta que algunos de sus sujetos radicalizados se revolvieron treinta años después y mordieron la mano de su socio en Nueva York. También aquella matanza neoyorkina sirvió para justificar otras intervenciones bélicas de mayor envergadura con centenares de miles de muertos, un resultado peor que el inicial y un total desprecio de la legalidad internacional.
 
Esta vez hay una petición expresa de intervención a Francia por parte del gobierno de Malí, se dice. Pero, ¿qué es el gobierno de Malí?, se pregunta el experto alemán Uli Cremer. Desde luego mucho menos de lo que era el gobierno afgano pro-soviético que pidió ayuda a la URSS y que en gran parte enredó a Moscú para que enviara tropas allá en 1979.
 
En marzo de 2012 el Presidente Amadou Toumani Touré sufrió un golpe militar. Los golpistas no fueron reconocidos y quedaron aislados internacionalmente. El jefe de los golpistas era el oficial Amadou Sanogo, con tres años de formación militar en Estados Unidos. Pese al aislamiento sigue mandando. En el lugar de Touré se colocó a Dioncounda Traoré como presidente y a Cheick Modibo Diarra, ex jefe de Microsoft en África, como primer ministro, ambos sin apoyo popular. Traoré tuvo que ser llevado a Francia a principios de año después de que sufriera una paliza en la que resultó herido. Diarra fue detenido por los militares a mediados de diciembre y obligado a dimitir con su gobierno. Traoré fue forzado a nombrar como nuevo primer ministro a Django Sissoko, funcionario del Fondo Monetario Internacional. Así pues, concluye Cremer, este es el gobierno de Mali que ha solicitado la intervención militar francesa: “un país sin estado y una nación sin gobierno”. Para gran satisfacción de Areva, el gran consorcio nuclear francés que extrae su uranio en la región, con perspectivas en el norte de Mali.
 
Todo eso es ahora secundario, se dice. Los intereses inconfesables existen, pero lo que está en primera línea es otra cosa. Gadafi, decían, iba a pasar a cuchillo a la población de Bengazi. Ahora se trataba de salvar Bamako, la capital de Mali, y a la población del norte del país.
 
“Quienes están contra la intervención militar en Mali deben aclarar si les trae sin cuidado la suerte de esas mujeres a las que cortan las manos por salir solas de casa, las lapidaciones por infidelidad matrimonial, el hostigamiento por fumar y todo el catálogo de esos islamistas de la edad de piedra financiados por la droga y el secuestro que si se hacen con el control del estado serán un peligro para toda África Occidental y también para Europa”, observa un viejo colega de la prensa berlinesa. Estos días estas cosas se leen por doquier en los periódicos de Berlín y París. Forman parte del sentido común en las redacciones de los medios de comunicación europeos. En todas ellas tenemos hoy un Bernard-Henri Lévy colectivo: un cretino belicista. “La integridad de Mali es decisiva para la seguridad de Europa”, dice el ministro francés de defensa, Jean-Yves Le Drian, parafraseando la inmortal frase de su colega alemán Peter Struck, “la libertad de Alemania se defiende en el Hindukush”.
 
Siempre un “deprisa, deprisa”, una extrema e inmediata premura, una causa justa y un peligro inminente para nuestra civilización que impiden toda disidencia. Sucede en cada intervención militar: Afganistán, santuario del 11-S, Irak, armas de destrucción masiva, Pakistán, el estado fallido y a la vez nuclear, Yemen, potencial base operacional, Somalia, la piratería en una vital ruta marítima, Libia, Siria y ahora Mali. Y siempre con los medios de comunicación llamando a la sagrada cruzada belicista. Al final de la batalla, miles de muertos una situación estancada y que manifiestamente no ha mejorado (Afganistán, Irak, son casos de manual), y condiciones para nuevos conflictos: guerras que llevan a otras.
 
En Alemania, donde el gobierno mantiene una actitud prudente mitad por recelo a la cooperación militar franco-británica -vista como reacción al arrogante dominio económico de Berlín en Europa- mitad por prevención electoralista ante una ciudadanía aún poco entusiasta con las guerras, el papel de acicate de la prensa es particularmente remarcable. En un cuarto de siglo, políticos y medios de comunicación han logrado que una nación mayoritariamente pacifista y alérgica al militarismo, se comiera cada vez con mayor silencio la transformación del ejército alemán en una máquina de intervención mundial. ¿Hay ahora en Berlín un deseo malsano de sangrar a Francia, dejándola sola en Mali para disciplinar más el frente de la contrarrevolución neoliberal liderada por Merkel? La prensa y la oposición socialdemócrata y verde de Alemania están, en cualquier caso, más bien llamando con entusiasmo a sumarse a la batalla. No hay tiempo ni espacio para valorar todas las circunstancias y consideraciones que impiden sumarse a la alegría de esos tambores de guerra. Deprisa, deprisa.
 
En primer lugar, la política europea en el mundo no debería contribuir a incrementar los conflictos y las guerras con sus intervenciones militares, sino practicar la diplomacia y el compromiso. Su norma rectora debería ser el principio hipocrático de no dañar aún más al enfermo, aunque vistas las responsabilidades de los grandes incendios bélicos que se declaran en el mundo hay que preguntarse quien es aquí el principal pirómano.
 
En segundo lugar, las alianzas y los apoyos de esa política deberían venir determinados por la salvaguardia de la estabilidad y de la paz, no por bastardos intereses políticos, energéticos, empresariales o del complejo militar. En tercer lugar, la defensa de los derechos civiles y humanos universales debería tener más peso en la proyección internacional y no ser constantemente violada y pervertida por la política de derechos humanos occidental, es decir: por la utilización hipócrita y selectiva de los derechos humanos para justificar la agresiva tradición militar imperialista europea.
 
El apoyo social y la indiferencia que el intervencionismo militar y la guerra en países lejanos encuentra hoy en la población europea, es un problema central de la actual crisis europea.
 
http://blogs.lavanguardia.com/berlin/?p=401

Comunicado de prensa : 8000 firmas per reclamar “Justicia para Thomas Sankara, justicia para África”.

El Presidente Thomas Sankara tendría hoy 62 años si no hubiese sido asesinado por los hombres de Blaise Compaoré, el actual presidente de Burkina Faso, y de Gilbert Diendéré, su actual Jefe del Estado Mayor particular. Este último fue ascendido al rango de caballero en la Orden nacional de la legión de honor francesa durante una estancia en Francia en mayo de 2008.
El Presidente Thomas Sankara representaba la esperanza de todo un continente y encarna hoy el modelo de dirigente resuelto, íntegro, valiente y creativo. Molestaba por sus posicionamientos sin concesiones contra las potencias occidentales, al tiempo que ponía en marcha un nuevo modelo de desarrollo alternativo autocentrado.
Desde entonces, numerosos testimonios acreditan la tesis de un complot internacional (ver el informe en la web http://www.thomassankara.net/spip.php?article1104).
Por desgracia, todo parece preparado para impedir que una investigación sobre su asesinato sea llevada a cabo en Burkina, pero también en los demás países. Blaise Compaoré fue invitado en noviembre de 2011 por la Corte Penal Internacional para hablar de paz, a pesar de que numerosas voces se elevaron durante el juicio contra Charles Taylor ante el tribunal especial para Sierra Leona para que se sentara en el banquillo de los acusados. Mientras tanto, poderosos lobbies, en Francia y en EEUU fundamentalmente, se organizan para defender la imagen de Blaise Compaoré en la escena internacional. Existe una buena razón para que así sea: se trata de dos de los países citados por los testigos liberianos como participantes en el complot contra el presidente Thomas Sankara.
Nuestra campaña de firmas (ver en la web http://www.thomassankara.net/spip.php?article879) ha propiciado sin embargo la presentación de una petición de investigación parlamentaria en la Asamblea Nacional en julio de 2011 (ver en la web http://www.thomassankara.net/spip.php?article1097) gracias al valioso apoyo de la organización SURVIE (http://www.survie.org). Pero es preciso aumentar la presión ciudadana, sin la cual la justica es imposible. El año 2012 será el del 25 aniversario de su asesinato. Debe ser también el de la verdad y la justicia.
Hacemos un llamamiento a los ciudadanos, los partidos y las asociaciones para ampliar la campaña mediante nuevas iniciativas públicas.
Y sin esperar a una investigación judicial, hacemos igualmente un llamamiento a los periodistas para que se animen a investigar, a los historiadores para que inicien nuevos estudios, a los documentalistas para que produzcan nuevas películas, para lograr al fin conocer toda la verdad sobre el asesinato de Thomas Sankara.
Hacemos también un llamamiento a los cargos electos, los miembros de la Comisión de Asuntos Exteriores, los candidatos a las próximas elecciones para que se pronuncien en favor de una investigación parlamentaria.

Los animadores de la campaña Justicia para Sankara, Justicia para África.
En Uagadugú, París, Turín, Lieja, Madrid y Toulouse, a 21 de diciembre de 2011.

Fuente:http://www.thomassankara.net/spip.php?article1240&lang=fr