Por Orestes Henández
Tomo prestada esta emocionada reflexión del trovador cubano Vicente
Feliú al conocer la reciente pérdida de la destacada luchadora comunista
Fanny Edelman, para hacer un alto necesario y compartir algunas ideas
que creo necesarias.
Fanny merece exactamente esto que pide Vicente desde su impronta
poética, esa que resume en pocas palabras lo que mucho se quiere decir.
Fanny Edelman, la centenaria luchadora comunista acaba de morir, así sencilla como siempre fue.
La conocí en la Argentina de los años 2005/2008. No guardo otro
recuerdo de Fanny que no sea el de su humildad y sencillez desde la
sobria pero constante presencia en cada actividad de solidaridad con
Cuba en aquel país, en defensa de los derechos humanos y contra el
terrorismo de Estado.
En nuestra Embajada en Buenos Aires, siempre asumimos la presencia de
Fanny como un gesto noble de una mujer luchadora, ya nonagenaria, pero
plena de actitudes y aptitudes.
No recuerdo momento de efemérides cubanas en la que no guardaramos un
puesto para Fanny, y ella siempre llegaba y se deslizaba así, como el
viento, que todos sentimos nos acaricia y sabemos de su presencia
necesaria.
En mi pasión por la historia, lei aquellos años mucho sobre la
historia argentina, de las luchas de su pueblo, de sus contradicciones,
desgarros y alegrías.
Debo decir que siempre que pude me acerque a Fanny para una pregunta o
para solo sentir la fuerza de sus años vividos. Ella con su cabellera
blanca y su voz pausible nunca dijo no. En toda ocasión tuvo espacio
para la palabra clara y el verbo ardiente.
No se si fue un amigo argentino, o alguna lectura extraviada en la
que advertí la referencia en la figura de Fanny a Dolores Ibarruri, “La
Pasionaria”, la mujer de la guerra civil española, la comunista
inveterada.
Con Fanny en persona y con su historia, también descubrí como con
Dolores, a la mujer dulce, femenina, a una argentina a todas luces
orgullosa de su patria y de su vida.
Ambas se destacaron como dirigentes políticas, ambas coincidieron en
la epopeya española, en la lucha contra el facismo. Fanny fue parte de
las gloriosas brigadas internacionales que defendieron la república,
tesoro inigualable en el combate actual.
Ambas fueron (son) comunistas y ambas lucharon por los derechos de las mujeres en el mundo.
Escuché una vez en Argentina que Fanny era “la última dirigente de la vieja guardia del Partido Comunista Argentino.”
Pero debo decir a riesgo de tener adversarios en la idea, que Fanny
era a mucha honra de la vieja guardia y demostró con su vida que tenía
más ímpetu, claridad de ideas y desembozo luchador que muchos jóvenes
que he conocido.
Y esa era una de sus principales virtudes, su confianza en los jóvenes.
No hablaré aquí de la confianza que tenía en la juventud argentina y
en las colosales batallas de hoy, eso debe ser abordado por los jóvenes
de aquel país, comunistas o no, a los que Fanny dedicó su vida.
Hablo de la fé que Fanny tenía en la juventud cubana.
Nos visitó desde 1959 muchas veces. Ella decía con orgullo que mas de
50 veces, y siempre que regresaba lo hacía con nuevos bríos y
esperanzada en la colosal tarea de los jóvenes cubanos.
Fue muy amiga de Cuba pero también de Nicaragua, de Venezuela y de Bolivia.
Vivió orgullosa de su amistad con Vilma con quien combatió en
imnumerables batallas internacionales en especial en la Federación
Democrática Internacional de Mujeres y estuvo cerca muchas veces de
Fidel y de Raúl, razon también suficiente para profesar ese amor por
los jóvenes.
Pero quizas el ejemplo mayor de ese sentimiento de aprecio a la
juventud cubana, la expresaba Fanny en su fundadora y comprometida lucha
por la libertad de nuestros Cinco Hermanos presos en los EE.UU.
En los años que compartí la lucha con el pueblo argentino, en las
difíciles circunstancias de intentar romper el silencio en torno al caso
de los Cinco, nunca faltó Fanny.
Siempre estuvo allí, con frío de las gélidas noches argentinas, en
las distancias largas de aquel paí, dando su apoyo incondicional a la
causa.
Era la esencia misma del ejemplo.
Cuando la duda, el cansancio, las contradiciones en los puntos de
vista sobre estrategias de lucha asomaban entre los argentinos y las
argentinas amigos de Cuba, allí estaba Fanny siempre clara y precisa, a
veces dura pero nunca soberbia.
Recuerdo una vez, cerca la madrugada en una de las sesiones de uno de
los tantos encuentros de solidaridad en los que se debatía la mejor
manera de hacer entender a la opinión pública argentina el caso de los
Cinco, y cuando los bulliciosos argentos apuntaban a girar el curso de
los debates en otras direcciones, Fanny desde su asiento, casi sin
moverse pidió la palabra.
Habló cinco minutos y a todos, argentinos y cubanos, nos hizo
sonrojar cuando evidenció que mientras nos debatíamos entre frases
hechas y caminos trillados: “Los cinco hermanos cubanos no merecen que
descansemos un segundo en la batalla por su liberación”.
Siempre dijo que su lucha terminaría cuando sus ojos no recibieran más luz.
Pero se equivocó Fanny, porque su perseverancia es acicate para los
que seguimos en esta lucha sin cuartel, en esta batalla colosal por
traer a los Cinco a casa y porque como tambien decía Fanny, vale la pena
luchar siempre.
Hoy a unas horas de su muerte y con el dolor de no poder acompañarla,
repito con Vicente que Fanny no merece otro homenaje que el de “un
minuto de silencio y otro siglo de lucha en su memoria.”.
